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RECUERDO DE LAS MÁSCARAS

 



En el pasado domingo día 5, lunes 6 y martes 7 de febrero de 1989, han sido noticias -además de los problemas internos del P.S.O.E., tanto en la Capital como en Jumilla-, los “Carnavales” en la Región.

He podido leer e incluso deleitarme con todas las fotos que han insertado en la prensa regional, así cómo, con las costumbres que cada uno de los pueblos celebraban con el fin de engrandecer su acervo cultural.

Aplaudo el brillante esfuerzo que todos realizan en mejorarlas cada año. El progreso de estas fiestas es manifiesto en muchos pueblos de la Región.

Al comprobar el auge que se está, dando a estas antiguas fiestas desde las altas esferas, ha motivado y llevado a muchos Ayuntamientos a considerar el día como festivo. Los ejemplos más notables los tenemos este año en los pueblos de Águilas, Cehegín y Jumilla, sustituyendo incluso un día tan señalado coma Jueves Santo. ¡Cosas veredes, Sancho! -comentaban entre sí dos personas mayores- añadiendo el otro: “Unos tiempos abren las puertas a otros distintos”.

Hablando de tiempos y de lo antiguo del Carnaval, aunque por nuestro pueblo le decimos “Mascaras", me encontré un documento ya antiguo, puesto que nos remontamos al año 1709, en el cual y durante una visita que el Cardenal Belluga realizara a Jumilla: “Prohíbe bajo pena de excomunión mayor, y ocho días de cárcel, que ninguno se vista con disfraces que en esta Villa llaman “Cotorras”.

No sé cuantos conocen las “Máscaras” de Jumilla, pero es fácil adivinar el cambio de “Cotorras” por el de “Mascaras”. Lo cierto es, que su antigüedad queda plenamente demostrada.

Las máscaras vienen, como es público y notorio, por el antifaz con que se cubren su rostro para ocultarlo. En esto está quizás la clave, de la diferencia de nuestro carnaval con los del resto de la Región. Aquí el protagonista es la máscara. Con ella puesta, el que la usa pierde la vergüenza y el rubor, y gana, amparándose en ella, el valor de decir las cosas a la persona que desea sin temor ni cortapisa, y decir aquello que sin la máscara nunca se atreverían ni siquiera a susurrarlo.

Lo de “Cotorras”, se refiere a la voz aguda que utiliza el que va vestido o vestida de máscara, para disimular su voz y evitar que pueda ser reconocido si habla con su verdadera voz.

 

 

A pesar de la prohibición del régimen anterior, las mascaras siguieron saliendo a la calle, aunque bien es verdad, con el consentimiento de las autoridades, que solo actuaban en caso de salirse un poco de “parva”, como se dice por aquí, o si hay alguna riña o discusión.

Además de las máscaras, que utilizaban este día para decir las cosas que como digo, no les dirían con la cara descubierta, había otras, que eran hombres vestidos de mujer. Lo hacían con tanta naturalidad, que engañaban a otros muchos hombres, creyendo haber ligado a alguna chica de buen ver. Días después cuando lo sacaban de su error, se sofocaba al comprobar que se habían burlado de él. La cosa no pasaba de la broma. Ah, recuerdo a muchos hombres, que lo hacían muy bien disfrazados de mujeres, y como digo calentaban y ponían a caldo, a muchos otros, sin pensar que quien les daba la broma era un hombre.

Recordamos cuando salieron unos amigos ya casados, con uno de ellos dentro de un coche de niño al que nada más se le veía la cara y el biberón que llevaba en la boca, y que por supuesto no contenía la alimenticia leche.

Una que todos los años se vestía era Lucía la “Chillona”, que vivía por la calle Rodenas y era muy amante de estos días. Un año nos sorprendió y asustó a todo el mundo que se acercaba a conocer al niño que llevaba en sus brazos, y que cuando lo mirabas podía ver una gran rata que llevaba entre pañales.

También estaban los "mascarones" que eran disfraces de máscaras muy exagerados, con grandes caretas deformes con caras de animales y estrafalarias formas en el vestir.

Muchos jóvenes de ambos sexos, se vestían para buscar a la pareja que le gustaba, y recriminarle la ceguera sobre él o sobre ella. Eran otros tiempos. Hoy ni los chicos ni las chicas necesitan máscara para decirlo.

Esos dos días, los zagales y zagalas no teníamos colegio por la tarde, ya que eran los días de las máscaras. Ahora pienso, en la paradoja que se daba, como estar prohibidas las máscaras, y sin embargo no haber colegio, con lo que de forma encubierta se aceptaban.

 

 

 

 

Las máscaras de Jumilla se celebran en la calle del Calvario desde mucho antes de la prohibición del Cardenal Belluga, ya que entonces ya utilizaban ese lugar para esto y podemos leer: “…iban a aquella parte lejos de la población y que se conocía como el Cerro del Calvario, ejidos de la población, que también utilizaban los Frailes del Convento de San Francisco, para subir hasta él rezando los Pasos durante la Cuaresma”.

En aquel Cerro, ya se reunían en el siglo XVIII, los jóvenes para divertirse, a su manera y criticar a sus amos lejos de donde estaban ellos, y lo hacían como una especie de reivindicación laboral. Por entonces la población todavía se encontraba cerrada por las Puertas de Murcia, la de Granada, y el Portón de Castilla, que se encontraba entre la Iglesia de Santa María y la Rambla. El Cerro del Calvario estaba fuera de la puerta de Valencia o Calvario.

A finales del siglo XIX, principios del XX, hasta finales de los años 30, había grandes bailes de Máscaras o Carnaval que se celebraban en el Teatro Vico (antes Convento de San Francisco), en el que ponían encima de las butacas unos tableros de madera que las cubrían, llegando hasta las Plateas, transformando todo el patio de butacas en una gran pista de baile. Allí lo pasaron muy bien nuestros padres, que tuvieron la oportunidad de celebrar por los años 20 y 30 del siglo XX. También de utilizó el Cine Moderno, ya que el Teatro, muchos años se quedaba pequeño. Esto ocurría por la noche, ya que por la tarde era en la calle del Calvario donde se desarrollaba la fiesta de las mascaras jumillanas. En estos bailes, los ricos o burguesía local, dejaban la pista de baile a los vecinos que no tenían su condición social, y no se mezclaba con ellos, por lo que los ricos, utilizaban las plateas, palcos, y sus pasillos para bailar sin estar junto al populacho, y tener mayor intimidad.

Recientemente ha pasado por una época en la que todos creíamos que iba a desaparecer, pero actualmente se está volviendo a recuperar, y a ello está colaborando el Ayuntamiento que es el que programa y patrocina el nuevo Carnaval, pero eso sí, con nuestras máscaras o cotorras.

                                 Domingo 12 de febrero de 1989

Antonio Verdú Fernández.

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