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EL CARNAVAL Y LA POLÍTICA


EL CARNAVAL Y LA POLÍTICA

 

  He ahí una redundancia, porque ambas cosas significan lo mismo, hasta el punto de que, para nadie mejor que para los políticos, se ha escrito la célebre frase de Fígaro: “Todo el año es Carnaval”.

  Sus propias investiduras populares y oficiales, son el disfraz bajo del cual ocultan las pasiones, dedicándose a embromar al país y dándole algunas veces bromas pesadas.

  De tal modo la Política y el carnaval son similares, que en aquella como en éste existen los mismos tipos clásicos, con idénticos atavíos y semejantes papeles.

  El célebre e indispensable Hombre de la escoba que durante los cuatro días de Carnestolendas se dedica a pasear por las calles de Madrid el símbolo de la limpieza, impregnada de cuantas inmundicias recoge al paso, y a restregárselo materialmente a los transeúntes por las narices, es un tipo que también existe en Política: es el prohombre que saca a relucir todas las vergüenzas y miserias de la Administración pública y las pasea por el Parlamento y por la Prensa y se las restregar por las narices a la opinión con el fin de excitarla, aunque desdichadamente no lo consigue.

  Ahí está el conde de las Almenas, que lleva tres carnavales haciendo el hombre de la escoba de la política, pasándosela a todo el mundo por los hocicos, para que huela a basura como yace oculta por esos rincones, y … nada.

¡Como si fuese el hombre de la escoba del Carnaval!

Ya dijo un concejal que aquí había que barrer bien y barrer mucho; pero en España ya se sabe: unos por otros, la casa sin barrer …

Otro de los tipos clásicos de Carnestolendas es el tío del higuito, el cual también existe en la Política; solo se diferencian en que éste, en vez de llevar higos pendientes de la caña, lleva credenciales; pero los codiciosos que las persiguen, abren una cuarta de boca, como los chiquillos, y como ellos se las disputan poco menos que a morradas.

Don Práxedes es uno de los hombres del higuito más celebrados en el Carnaval político; ¡como que sus higos parecen brevas!...

Y el popular hombre de los zancos que todos los años hace nuestras delicias en Recoletos, y por entre cuyas piernas pasan coches y viandantes, ¿quién dice que no existe también en la Política? Pues apenas hay prohombres falsamente elevados que descuellan por encima de todo el mundo, llegando a creer talla natural lo que es ridículo artificio, y que hacen con los asuntos públicos enteramente lo mismo que el hombre de los zancos con los viandantes y con los coches … ¡Enteramente lo mismo.

Eso sí; por parecerse en todo, hasta se parecen en el batacazo que dan en cuanto se les escurre un pie. Que se les escurre muy fácilmente.

El hombre del Oso es asimismo vulgar en Política, no hay conspicuo que no tenga su oso correspondiente; es decir, su edecán, al cual hace bailar a su antojo; pero ocurre lo que con el Carnaval, que no sabe cuál de los dos hace más el ridículo, si el oso o quien le lleva.

Silvela abusa  de esta mascarada: cada año trabaja con un oso distinto.

Pero algunas veces el mamífero político, como el carnavalesco, se posesiona tan bien de su papel, que cansado de bailar al son que le tocan, se lanza contra su supuesto domador y le revienta.

Tenga mucho cuidado con esto D. Francisco.

El diablillo. He aquí otra máscara política. Lo mismo que la carnavalesca, va largando zurriagazos a todo el que tropieza por delante, sólo por divertirse; así es que, el que más y el que menos, trata de esquivarle.

Sin embargo; estos diablillos son muy simpáticos, porque alegran tanto al Parlamento como sus similares el carnaval, y por esta misma razón se les consienten y hasta se les aplauden sus diabluras. Romero Robledo es una especialidad en el tipo.

Cuando él habla, D. Marcelo hace la señal de la cruz y dice para su rosario: El diablo metido a predicador…

No falta tampoco quien al escucharle sus proyectos de regeneración patria exclame: Hágase el milagro, y hágalo el diablo.

¿Y el niño llorón?... En Política todos los niños son llorones, por aquello de que el que no llora no mama; y hay cada niño… ¡Ay, que niños!

No faltará este año en el Retiro la máscara de actualidad vestida de Don Tancredo. También la hay en Política; según Silvela, es el propio duque de Tetuán.

-¿Tancredo yo?- habrá pensado el Duque-, cuando ni tengo el pedestal del poder ni me han soltado el toro de la opinión pública… Debe ser equivocación de Silvela, que se ha visto a sí mismo en un espejo y me ha confundido con él. Él sí que es Tancredo, pero ya en el ocaso: cogido, volteado y retirado del ruedo político para siempre.

Además de estas máscaras, que son completamente iguales en el carnaval que en la Política, hay también en ésta su consabida comparsa de inútiles, que no he de decir quiénes la componen, porque todos los lectores los conocen, y su comparsa de pobres ciegos de la cual es cabo de panderas Salmerón.

Pero vean ustedes lo que son las cosas: con resultar tan parecidas que casi se confunden la mascarada carnavalesca y la política, mientras en aquella se abusa de los capuchones, en esta ni por casualidad se ve uno.

Y no me negarán que a algunos prohombres les sentaría muy bien el capuchón…

Como para los políticos todo el año es Carnaval, se pasan la vida dándole bromas al país, que se consuela con decirles lo mismo que el transeúnte a quien embroma una máscara: -Te conozco, te conozco.

Pero pasa de ahí.

Hasta que llegue el día de arrancar caretas.

 

                                                               EL SASTRE DEL CAMPILLO

 

Blanco y Negro nº 511 del 16 de febrero de 1901

 

Antonio Verdú Fernández

Lunes 25 enero de 2016.


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